Jules Besme 48

Reúne textos escritos por María Dulce Kugler entre 2006 y 2008.

jueves, 19 de agosto de 2010

Eros en el refugio de Oriente

Dicen –pero circulan tantos rumores sobre los refugios- que en Oriente, en un lugar sin nombre, dejaron de nacer niñas. En una cultura donde se valorizaba sólo lo masculino como fuerza de trabajo y de pensamiento, cuando una madre sabía que tenía en su vientre una niña, abortaba, y sólo llevaba a término su embarazo cuando se trataba de un niño. Con el correr de los años, el desequilibrio entre los sexos alcanzó proporciones altísimas, a tal punto que los hombres comenzaron a disputarse los favores de las pocas mujeres y se desencadenaron guerras troyanas por los amores de las Helenas.
Esto sucedía al tiempo que las autoridades tomaban medidas extremas, construían refugios subterráneos y obligaban a la población a trasladarse a ellos. Parece ser que en uno de estos refugios, como consecuencia de la distribución arbitraria, no quedó absolutamente ninguna mujer. Los varones aguantaron algunas semanas, después un grupo se escapó y, al abrigo de la oscuridad, raptaron a una jovencita, o quizás a dos o a tres, pero en cualquier caso fue una, una sola, la que puso en marcha un sistema cuya perversión se fue perfeccionando con el tiempo.
Todo surgió a partir de una metáfora : mientras se acoplaba con uno de esos hombres, mientras sentía que de esa esperma que la penetraba podía originarse vida, la muchacha se sintió abeja reina, portadora de la fertilidad de todo el refugio, dueña de todos esos penes que querrían fecundarla, única madre posible, única dadora de vida en ese lugar, abeja reina nacida para ser deseada, polinizada, madre de toda la especie, adorada diosa preservadora de vida. Tan excitante el poder, tan excitante ser causa y consecuencia de la totalidad del deseo, tan excitante copular para ser fecundada y ser fecundada para copular, tan excitante hacer de la vida un prolongado acto erótico, una cópula eterna como único objetivo, y todos esos hombres a sus pies, disputándose su cuerpo y sus favores. Susurró al oído del hombre y supo convencerlo de su irreemplazabilidad.
En los brazos de aquél y por obra de esa excitación creciente, excitación-poder, excitación-sexo, excitación de ella y de los dos pero sobre todo de ella, y de los dos, dejó de ser la jovencita inocente que el azar había traído a ese refugio, para convertirse en reina. Y cuando aquél se fue y vino el siguiente, las reglas habían cambiado: todavía nadie lo sabía pero ya no era ella la que estaba a merced de todos ellos. Eran ellos, todos ellos, los que estaban a merced de sus deseos.
Pidió la habitación más grande, la cama más cómoda, y no se las negaron. Pidió la ropa más cara, eligió modelos ajustados, provocativos, escotados, túnicas romanas abiertas hasta las caderas, que solía ponerse sin ropa interior, vestidos pegados cuyos escotes limitaban con los pezones, faldas que apenas cubrían las nalgas, blusas transparentes, camisas con cierres que sugerían un abrir que enloquecía… Y así andaba entre ellos, se paseaba indolente, casi siempre descalza y con aire perezoso de gata, jugando como al descuido con el cierre que, al bajarse, dejaba ver la curva de los senos, meneando las caderas bajo la falda traslúcida, andaba, o se sentaba provocadora a mirarlos. Era ella quien elegía. Aquél. Con un gesto o una palabra lo invitaba. Lo esperaba.

En la cámara central del refugio, la más amplia, la más excesiva, la más lujuriosa, una mujer joven, de formas pronunciadas, espera desnuda, o tal vez con lencería provocativa, sobre una cama también excesiva. Espera como una gata, felina y maullando, o como una abeja, deseosa de que la fecunden. Se unta los senos de óleos perfumados, se mira al espejo, se complace en ella. Llega él y la « sorprende » ante el tocador con su bata de seda. Ha dejado caer su propia bata cerca de la puerta y desnudo se acerca por detrás y desliza sus manos por debajo de la tela para acariciar los pezones, que se endurecen de gozo. Se detiene largamente en ellos mientras besa los hombros y con la boca va corriendo la bata que acaba por resbalarse hacia la silla. O más bien… La «sorprende» untándose de aceites, se apropia del pote y va bajando con los dedos hasta los pechos, que se agrandan como flores… no, no son aceites, es vino, y después de embadurnar los pezones, bebe de uno y de otro, ella está sentada en un sofá y él se recuesta en sus piernas -el brazo de ella sostiene su cabeza- para mamar plácidamente mientras la mano libre de la mujer abre la camisa o la bata de él, acaricia el pecho velludo y avanza, lenta pero precisa, hacia la verga, que ya se yergue… O quizá ella no estuviera desnuda al principio, un vestido de muaré pegado al cuerpo, un amplio escote o unos breteles que él va bajando para admirar las formas, para sentir la piel contra la suya, o una falda que él recoge por detrás para sostener las nalgas… O sí, está desnuda, recostada sobre una mesa, las piernas recogidas y entre las piernas, una flor, una flor roja cuyo tallo se incrusta y se prolonga en la vagina, y él viene a ella y con la lengua va tirando de la flor y ella siente el roce del tallo en el canal y de la lengua en los labios. Hasta que la flor cae y él la exprime entre sus dedos y se riega y la riega de jugos afrodisíacos, frota los pechos de la mujer con los pétalos y se restriega contra ella, sobre ella, debajo de ella, a través de ella, que se frota y se restriega contra su piel velluda, contra él, debajo de él, sobre él, a través de él y siente el tallo, el tronco de él en su canal, que se ensancha de licores, y canta y de placer sueña en un hijo.
La primera vez que quedó embarazada, la vez primera, se sintió reina del mundo : ella, la madre y todos ellos, cualquiera de ellos, el padre. Se paseaba con batas transparentes para que admiraran su vientre, la comba, que iba creciendo, llamaba a uno y a otro ‘ven, pon tu mano, siente’. Los hombres se extasiaban ante el milagro de la vida, ella era diosa. Todas las noches se hacían rituales en su honor. Ella se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas y todos los hombres, en semicírculo, frente a ella. Uno de ellos, en un extremo, iba a encender las velas que formaban un círculo en torno al conjunto y volvía a su puesto. La iluminación daba comienzo al rito. En un primer momento, ella iba a los varones a ofrecerles sus pechos. Los sostenía con sus manos y se acercaba a ellos para que lamieran y extrajeran la primera leche. Luego, uno a uno, en un orden prestablecido, los varones iban a ella, que se había acostado con las piernas flexionadas y abiertas, y saludaban lengüeteaban su clítoris umbral del mundo alegría de la hembra aleteante locura. Mientras uno iba, los otros murmuraban una melopea excitante y aguda, que imitaba los chillidos del placer, y sostenían sus vergas hacia el cielo. El tercer momento era el del éxtasis. Uno de los varones, uno solo, aunque uno diferente cada noche, iba a ella y, mientras los otros hacían vibrar sus vergas a un mismo ritmo, al mismo ritmo, compenetrado de la presencia de todos pero creando a la vez un universo de dos, un hueco de intimidad en la penumbra, él le hacía el amor, la penetraba. La eyaculación era conjunta y simultánea. Después del gozo, la melopea masculina adquiría un tono grave y apaciguado y la mujer bordaba sobre ella una melodía aguda y liberadora.

Hasta que nació el niño, un varón, hijo de toda la sensualidad del mundo. Grandemente se celebró en el refugio el nacimiento. La treintena de hombres que ahí convivían con la mujer se consideraron todos padres orgullosos y no se preguntaron –aunque quizás lo hicieran en la intimidad de sus pensamientos- quién había aportado el espermatozoide fecundante. La primera semana fue de fiesta. Con la ayuda de algunos hombres, que consideraron la elección como un privilegio, la mujer se ocupaba del hijo, le daba de mamar, le cambiaba los pañales, lo bañaba, lo acunaba, lo hacía dormir, y descansaba y comía y dormía. La segunda semana, los hombres que la veían amamantar empezaron a juntar celos y deseo. La mujer lo vio y llamó a uno de ellos. «El bebé duerme y los pechos me duelen de tan hinchados, ayúdame.» Descubrió la ubre redonda y chorreando, el hombre se adueñó de ella con desesperación, por efecto de la succión, de los poros de la otra ubre empezó también a brotar leche y ella guió la cabeza del hombre para que también bebiera. La mujer se hizo aguas de deseo, le susurró al hombre que le hiciera un hijo y el hombre se quedó allí una eternidad, quién sabe cuántos días y noches, hasta que la preñó. Una pareja fueron hasta que la preñó. Los otros hombres fueron desterrados del gineceo. El bebé sólo ocupó los pensamientos de la madre en el momento de alimentarlo. Los padres se ocuparon de él, mientras la madre diosa, la abeja reina, se ofrecía en aras de la procreación. Vivía desnuda en su recinto, anchos los pechos y las caderas, siempre dispuesta a la verga fecundante, al chorro que la endiosaba. El hombre la deseaba con fervor, la siguió deseando mientras el vientre crecía, estuvo junto a ella cuando dio a luz a una niña, que era la viva imagen de ambos.
El nacimiento fue grandemente celebrado en el refugio. Se encendieron velas, se decoraron las cámaras con guirnaldas y flores de papel, se compusieron canciones en honor a la madre y a la hija. ¡Es una niña, una mujercita ! Se la comparó al sol, que ya nadie veía, y a la luna, misteriosa viajera del cielo, también metamorfoseada en astro de leyenda. Sus ojos verdes sugirieron a los más audaces selvas, de la que las pocas plantitas que sobrevivían era palidísima imitación. Esa niña blanca como la luna y pequeña como un guijarro era promesa de futuro fecundo, de muchos hijos, era, como la madre, diosa.
Durante una semana, el padre fue el hombre más envidiado del mundo, pero enseguida la mujer se ocupó de su arrogancia : cuando él vino a buscarla, lo rechazó y el hombre tuvo que rendirse a la evidencia de que su capítulo en la historia había concluído. Se recluyó entonces en una celda aislada de la que no salió en muchos años.
La mujer había aprendido a abusar de su poder : durante un tiempo, no quiso ni al padre de su hija ni a ningún otro. No salía de su habitación, alimentaba a la niña y dormía. Se hacía llevar a su puerta una bandeja con comida que recogía cuando nadie la veía. Los hombres comenzaban a impacientarse. Un día, uno de ellos se escondió detrás de una columna y esperó a que ella abriera, entonces la empujó hacia adentro, cerró, le arrancó la ropa, la tiró en la cama y la violó. « Cambiemos los roles », ordenó. « Ahora la esclava es usted. » Misteriosamente el tono imperativo del hombre la doblegó, la violencia de su seguridad sin sutilezas pudo más que la ternura del padre de su hija. Durante siete días y siete noches, el hombre abusó de ella y la mujer se dejó. Cuando, al cabo, aburrido, probablemente cansado, aunque eso no iba a admitirlo, el hombre salió, la mujer se sintió sola y lloró. La ausencia duró varios días y todo el tiempo que duró, mientras duraba, la mujer estuvo pendiente del más mínimo indicio –la puerta, voces en la galería o el corredor, pasos…- que pudiera significar su regreso. Y cuando al fin volvió, y ella se deshizo en atenciones y moría por que él la penetrara, él sostuvo sin ningún empacho que no tenía ganas. Mucho más tarde, dormido, sintió que el deseo le paraba la verga y entonces la buscó como quien busca a una puta y otra vez, durante siete días y siete noches, abusó de ella y ella se dejó. Por supuesto, al cabo, volvió a irse. Andaba por el refugio vanagloriándose de sus proezas y bebiendo. Ella esperaba y desesperaba, pasó una semana, pasaron dos, desesperaba. Salió a buscarlo. Iba con el pelo suelto y revuelto y los pechos casi al aire por las galerías y las salas, avanzaba decidida sin mirar a ninguno de los otros, que la miraban.
Cuando al fin lo encontró, acodado en un bar, se abalanzó sobre él, se abrió la blusa para mostrarle los pechos y de rodillas le pidió que volviera y le hiciera un hijo. El hombre se puso de pie y, dirigiéndose a los demás como a un público, declaró triunfante : « Quiere que le haga un hijo. Ustedes son testigos. » De un tirón en la ropa, obligó a la mujer a pararse, bajó la cabeza hasta sus pechos y se los chupó con furia y, después, la acostó sobre una mesa y la penetró. Ese hecho marcó el comienzo de la tiranía. La mujer se arrastraba de deseo por ese único hombre que, en virtud de poseer a la única hembra, se volvió tirano. Preñó a la mujer, que dio luz a gemelas, lo cual, por ser el parto doble y femenino, fue interpretado como incontestable signo de poderío. Apenas habían nacido las niñas, que la preñó otra vez. El hombre lo anunció ante la asamblea reunida y, delante de todos, la desnudó y los invitó a tocar la vagina para que comprobaran que no había sangre. Uno de los que se acercaron a tocarla, tuvo una erección involuntaria. El tirano alzó un cuchillo y de una tajada le cortó la verga. Después giró amenazante blandiendo el cuchillo ensangrentado y proclamó : « Esta hembra es MIA. MI-A. ¿entendido ? » Así dio comienzo el terror, un tiempo de sonidos apagados, de cada uno metido en su cuarto rumiando rencores. La tristeza se apoderó de todos, también de la mujer, que vivía recluida en sus aposentos esperando el momento del día en que él la reclamara para el sexo. A los niños, el mayor de los cuales tenía cuatro años, casi no los veía. Un grupo de padres se ocupaba de ellos. Así pasaron tres partos más, tres niñas. La mujer envejeció, tenía el vientre y las piernas gruesas y los senos le colgaban. Al tirano empezó a desagradarle esa mujer que había perdido gran parte de su atractivo. Pero las niñas eran aún muy niñas, tenía que tener paciencia. Un día anunció que salía en misión secreta, no dijo ni a dónde iba ni por cuánto tiempo pensaba ausentarse. La mujer y los hombres lo vieron partir incrédulos. Durante un día entero no se atrevieron a moverse temiendo que regresara en cualquier momento. Pero poco a poco empezaron a salir de sus habitaciones, a tomar confianza, a reunirse. Los niños fueron los primeros en sentir el cambio. Dejaron de vivir una monótona rutina de órdenes estrictas para andar libremente por todas partes, correr, saltar, jugar y reírse. Contagiada de alegría, la mujer salió también y descubrió que le gustaba estar con los hijos. El padre de su primera hija, que había estado recluido en una celda aislada desde que ella lo rechazara, salió también y se alegró de verla otra vez llena de vida. Fue él quien propuso que debían organizarse antes de que volviera el tirano y todos estuvieron de acuerdo.
El tirano había ido en busca de una hembra joven y no era tarea fácil hallar una en esas soledades. Alrededor del refugio subterráneo, todo era un desierto calcinante. Ha de haber sido un hombre fuerte el tirano porque durante días anduvo por esa tierra reseca sin más alimento que un poco de agua. Avanzaba de noche, guiándose por las estrellas, y cuando subía el sol, improvisaba una sombra con piedras y unas telas que llevaba, y se echaba a dormir. En algún momento divisó a lo lejos una mancha oscura a ras del suelo. Como era lo único que se distinguía en la monotonía grisácea del páramo, casi sin pensarlo lo tomó como punto de referencia y hacia ahí se dirigió. A medida que iba acercándose, la mancha crecía, adquiría volumen y cambiaba de tonalidades según la luz. Mucho después se dio cuenta de que lo que veía era vegetación : hojas violáceas, azuladas, añiles, verdes, de plantas que parecían crecer dentro de un cráter. Demoró aún una noche entera en llegar, se tendió bajo un techo improvisado al borde del cráter y se durmió. Cuando despertó, estaba dentro del cráter, bajo una tupida vegetación a través de la cual se filtraba apenas la luz del sol, y una jovencita de cabellos rubios, casi blancos, y piel con reflejos azulados, lo tenía entre sus brazos y estudiaba con curiosidad su rostro barbado, en el que el polvo se había pegado al sudor. La muchacha tenía algo de duende, ojos rasgados, piel fresca, pezones violáceos, que le ofreció con naturalidad para que saciara su sed. Sin dejar de mirarla, el hombre lamió y brotó un líquido amarillento y azucarado que, al andar por su boca y su garganta, le fue suavizando la expresión. Se le agrandaron los ojos al hombre y desaparecieron todas las líneas del cansancio y la ira. Ella le acarició la frente. Cuando acabó de beber, se tendió junto a él en la hierba, le quitó la ropa sucia y empezó a besar toda la extensión de su piel. El hombre la dejó hacer entre somnoliento y gozoso y sólo largo tiempo después, cuando ya era otro, quiso devolver caricias con caricias. ¿Qué es el amor ? En ello ocuparon todo el tiempo, si es que era temporal lo que vivían. La mujer era como las hojas y como el hilo de agua que corría en el fondo del cráter. El hombre, que era duro y reseco como la tierra del desierto, se dejó humedecer y amasar, su piel adquirió también destellos azulados y sus ojos, un brillo de vida. Y de tanta húmeda ternura les vino a nacer un hijo, que se pareció al padre, el cual, conmovido, multiplicó el trabajo amoroso y embarazó otra vez a la muchacha duende. Pero el vientre creció descomunal, a tal punto que hacia el final de la gestación la mujer no podía moverse, permanecía tendida bajo los árboles y él le traía alimentos. Una noche estrellada la mujer dio a luz a tres niñas, idénticas entre sí, y muy parecidas a ella. Alcanzó a lamerlas, amamantarlas y nombrarlas, pero perdía mucha sangre y murió a la madrugada. Bajo los mismos árboles, llorando, el hombre enterró a la madre de sus cuatro hijos. Lloraba sin consuelo y lloraban los niños de hambre. Entonces ocurrió algo inesperado : de la tierra, del propio cuerpo materno, brotó una planta de hojas grandes y frutos como peras azuladas. El hombre las cogió y se las dio a los niños, que inmediatamente dejaron de llorar. También él dejó de llorar pasado algún tiempo. El que había sido tirano se dedicó a ver crecer a sus hijos ; comían hojas, frutos e insectos y bebían el agua del arroyo.
Transcurrieron años. En el refugio ya nadie se preguntaba cuándo volvería, algunos ni siquiera lo recordaban. La mujer, la primera abeja reina, se había transformado en una matrona ancha y generosa que abría las piernas para todos sus hombres, según las estaciones. Había tenido aún cinco hijos : tres niñas y dos varones, lo que hacía un total de tres machitos y diez hembras. Los trece habían aprendido de los padres a leer y escribir, a los trece les habían contado la historia de esa comunidad del refugio y les habían asignado en ella un rol de continuidad. Tal continuidad alcanzaba toda su dimensión, clara e indiscutible, en los cuerpos de las diez muchachas que, como la madre, estaban llamadas a ser perpetuadoras de la especie, abejas reinas multiplicadoras de vida. Su educación era entonces esencial. Cuando tenían su primera menstruación, se celebraba un rito mediante el cual dejaban de ser niñas e iniciaban el ciclo de la seducción. El cabello, hasta entonces trenzado o recogido, se dejaba suelto y se cambiaba el vestido infantil por ropa que, con pliegues, escotes o transparencias, ponía de relieve las curvas femeninas. Al día siguiente del rito, comenzaba la educación nupcial. De la primera parte de la instrucción se ocupaba la madre.
Pero antes de que se estableciera un rito, hubo un tiempo en que todo estaba por crearse. La primera vez, la madre llamó a las tres hijas mayores, la del amor, la hija del hombre de la celda aislada, y las gemelas, y empezó por peinarlas y vestirlas. Como la madre tierna que nunca había sido, les probó, midió y arregló los mejores vestidos que tenía, para adaptarlos a los cuerpos adolescentes. Después las sentó junto a ella en círculo y les puso las palabras que pudo a las historias amorosas. Días, semanas alternaron la costura y los relatos. Cuando creyó haber agotado lo narrable y estuvieron listos los vestidos, llamó al maestro o brujo.
Brujo o maestro era aquél a quien el tirano le había cortado la verga. El intenso dolor físico y, sobre todo, el haber asumido su incompletud anatómica con toda su carga simbólica sin por ello renunciar a su hombría, habían hecho de él un hombre sabio y mucho más libre que sus semejantes en la expresión del deseo. La mujer madre lo sabía : hacer el amor con él no se limitaba a una penetración evidente que se basta a sí misma. El brujo era maestro en el arte de buscar y encontrar los puntos sensibles, el susurro o la caricia justa, de crear historias en torno a los gestos, el brujo sabía que en el espacio del placer no hay tiempo, que el placer sucede en la eternidad. Por eso, y porque quizá se lo soplara al oído la misteriosa ley de compensaciones, la mujer, con absoluta confianza, lo nombró maestro.
No podía aceptar semejante responsabilidad, fue la primera reacción del hombre. Se sentía honrado pero temía colaborar en la perpetuación de un sistema de cuyas virtudes no estaba convencido. Sólo habla con mi hija mayor, pidió la madre, y el hombre, el brujo, accedió.
En un rincón del refugio al que llegaba, mediante un complejo sistema de filtros y espejos, un reflejo de la luz del sol, en ese espacio de tonalidades azules, se sentaron a conversar. La muchacha de cabellos largos y ojos grandes, y el maestro brujo hombre. Conversar era una práctica en que el maestro sobresalía, conversar era su forma de estar en el mundo y su arte de seducir. La madre lo sabía y sabía también que su hija mayor estaba a la altura de esas conversaciones, sólo se trataba de que cada uno fuera lo que era. Hablaron del refugio y de la vida, de la luz que no veían pero se dejaba adivinar en todo, de los sueños… hablaron días y días, hablaron y hablaron, y de esa entrega sin medida de los secretos del alma vino la desnudez de los cuerpos. ¿Qué es el amor ? Los encontró besándose, recostándose en la vulnerabilidad del otro, en la confianza.
‘Yo era el maestro, ¿recuerdas ? Yo no puedo hacerte un hijo. Tus hermanas y tú tienen el deber de prolongar la vida.’ Ella asintió pero tenía un nudo en la garganta, él la abrazó.
Cuando la madre los vio juntos, decidió que era mejor hablar con cada uno por separado.
La hija se sentó en silencio frente a ella, evitando mirarla a los ojos. La madre eligió el camino de lo que debía ser : ‘ahora que eres mujer, que conoces el cuerpo de un hombre, se espera de ti que satisfagas el placer de otros hombres y que tengas muchos hijos’. ‘No’, respondió la hija. ‘Yo no quiero otros hombres, lo quiero a él.’ La madre intentó la persuasión : ‘es la primera vez’, ‘estás confundiendo sexo con amor’, ‘él no puede darte hijos’, … A todos los argumentos la hija opuso la palabra ‘no’. Entonces la madre decidió que era el momento de hablar con el hombre. Empezó con un reproche. ‘Te dí a mi hija para que le enseñaras, no para que la enamoraras.’ ‘Sólo hablé con ella, como me pediste. Pero la enseñanza y el amor van juntos, mezclados en las palabras. Tu hija es muy bella, no la lastimes.’ ‘No quiero lastimarla, sólo que cumpla con su deber.’ ‘El primer deber de un ser humano es respetarse a sí mismo, respetar lo que piensa y lo que siente.’ ‘El primer deber de un ser humano es perpetuar la vida.’ ‘Pero no a cualquier precio. Dar vida por deber, sin amor, se parece demasiado a un mecanismo atroz, cercano a la muerte. En cambio, cuando ella habla conmigo y le brillan los ojos, está propagando vida, alegra su corazón y el mío y el de todos los que están cerca.’ ‘No se puede hablar contigo.’ ‘Oh sí, sí se puede.’ ‘¿Te ocuparás de las gemelas ?’ ‘Lo intentaré.’
Siguió un tiempo indefinido, en que el brujo habló con las gemelas y la hija buscó refugio en el padre, el de la celda aislada. La abeja madre se empeñaba en su objetivo y quería imponer su voluntad costara lo que costase. Pero la vida es mucho más que instintos y perpetuación de la especie. ‘Falta la ternura’, vino a decirle el brujo un día. ‘Yo puedo hablar horas con tus hijas, juntas, o con cada una por separado. Son muchachas agradables, también deseables. Si me lo propusiera, podría hacer el amor con cada una de ellas o con ambas. Pero no quiero, sería un abuso de confianza. Estaría actuando como el tirano.’ ‘Es quizás lo que ellas esperan, que las violentes.’ ‘Ya. Pero busca otro hombre para eso, yo no puedo.’ ‘¿Estás enamorado de mi hija mayor?’ ‘No lo sé. Sólo sé que con ella hubo ternura y una necesidad mutua de abrazarse y tocarse. Con las gemelas, tendría que dominarlas, y me niego a ello.’ ‘Eres un débil.’ ‘Oh no. Débiles son los tiranos. No vayas a tiranizar a tus hijas. Déjalas libres y ellas te darán vida a cambio.’
Se prolongó aún el tiempo de las indefiniciones. El hombre rehusaba oficiar de brujo, asumir el rol que la reina quería imponerle. Se sentía encerrado en el refugio, necesitaba ventanas, aire. Un brujo, un maestro, no puede ser autoritario, porque pierde su esencia de guía hacia la sabiduría. ¿Cómo no se daba cuenta la mujer de eso ? Seguía empeñada en su objetivo y pasaba los días intentando imaginar cómo podría convencerlo o, en su defecto, quién podría reemplazarlo, cuando vinieron a decirle una mañana, la misma que el sabio había elegido para salir, que había llegado alguien al refugio. ‘¿Alguien ?’ ‘Un muchacho.’ La mujer se puso de pie y fue directamente a la entrada. Al pie de la escalera que bajaba desde el exterior, había un jovencito de piel azulada y cabellos rubios que, al verla llegar, se acercó con la mano tendida. Lo que no había notado de lejos, lo vio cuando estuvo frente a ella : ‘Tú eres el hijo del tirano.’ ‘¿El tirano ? No. Mi padre es un hombre bueno. Pero es cierto que me parezco a él.’ ‘¿Quién es tu padre ? ¿De dónde vienes ?’ ‘Vivo en un lugar que llamamos el cráter, que está a unos siete días de distancia.’ ‘¿Y por qué has venido?’ ‘Salí a ver el mundo. Quería ver qué había más allá de nuestros árboles azules.’ Uno de los muchos que se habían ido congregando con curiosidad en torno al recién llegado, no pudo evitar exclamar ‘¡Arboles !’ y un niño preguntó ‘¿qué son árboles ?’ El muchacho lo miró con ternura y se acuclilló junto a él para explicarle. ‘Un árbol es un ser vivo pero, en vez de pies, tiene raíces que lo sostienen en la tierra y mediante las cuales se alimenta. Un árbol no puede andar, como nosotros, ni tampoco hablar, pero se comunica a través de las hojas, las flores y los frutos y puede vivir miles de años.’ El niño lo miraba fascinado, todos habían hecho silencio en torno a él para escucharlo. ‘¿Quieres que te haga un dibujo ?’ El niño asintió con vehemencia y una de las niñas fue a buscar papel y lápiz. Cuando el muchacho buscó una superficie donde instalarse a dibujar y cada uno de los presentes quiso indicarle el mejor sitio, la mujer madre se sintió desplazada en su autoridad y se fastidió : ‘Ya. Pero ¿a qué vienes ? ¿qué pretendes de nosotros ?’ El muchacho alzó la vista del dibujo apenas comenzado. ‘Nada.’ Y le sostuvo la mirada, serena como el universo. ‘¿Nada? ¿Y qué piensas comer? ¿Y dónde vas a dormir ?’
‘Traigo comida en mi bolso. Pero sí, es verdad, necesitaré un sitio para dormir.’ ‘Aquí no damos nada por nada, el que recibe algo, da algo a cambio.’ Algunos hombres miraron a la mujer reprobatoriamente y uno dijo: ‘La hospitalidad no se le niega a nadie.’ Y otro agregó : ‘Además él ya está dando algo.’ Pero el muchacho intervino ‘No. Es justo. Acepto el trato. Estoy dispuesto a hacer algo a cambio.’ ‘Hablaremos luego’, sentenció la mujer.

Lo invitó a sus aposentos y le pidió que se acostara con su hija. El muchacho se ruborizó. ‘Sólo te pido que compartan la habitación el tiempo que estés aquí.’ Le surgían un montón de preguntas, la primera, ¿por qué ?, pero no se atrevió a decir nada. Esa mujer lo inhibía. Cuando ya todos dormían, lo condujo por pasillos y galerías hasta la habitación de su hija. Hacía unas horas había hablado con ella. ’Se ha ido. El brujo se ha ido. Ya ves que tenía yo razón. Ahora serás sumisa y tendrás un hijo con quien yo determine.’ La muchacha había llorado hasta quedarse dormida y ni siquiera oyó el chirrido de la puerta cuando él llegó a acostarse. Pero el sueño aproximó los cuerpos, la desnudez, la piel joven, les despertó el deseo. Amanecieron uno. Todas las noches que el muchacho estuvo en el refugio, compartieron el lecho y ella se acostumbró a su presencia, aunque secretamente no había olvidado al brujo y confiaba en su regreso.
La madre estaba satisfecha, había –creía- dominado las voluntades y, cuando el joven se fue, su hija estaba embarazada. Pero la vida es larga y tiene muchas puertas. Cuando los que controlan, los tiranos de sí mismos y de los otros, creen haber cerrado todas, siempre –y esto es ley- se abre una nueva en alguna parte. Aquel viaje desde el cráter era apenas el anticipo de un intercambio entre la descendencia del tirano y los habitantes del refugio, que el tiempo haría cada vez más frecuente y regular.

Y tal como lo presentía la hija, el brujo volvió. El mismo día que dio a luz, llegó, envejecido por la sequedad del aire y las privaciones, pero lleno de amor. Nadie pudo imponerles, ni a ella ni a él, un modo de vida que no los reflejara. Se quedaron a vivir en el refugio pero no se doblegaron a las normas impuestas por la abeja reina. El brujo siguió siendo brujo y sabio, maestro ante todo de la hija mayor, maestro con el ejemplo y la charla de todos cuantos quisieran aprender de él, maestro en el sentido más antiguo de la palabra, guía, que no instructor. La convivencia, el diálogo feliz e ininterrumpido hicieron brotar en la hija una sabiduría vieja como el mundo. Ambos, de un modo subrepticio y sutil, iban dejando un trazo, trenzando un hilo, recreando y perpetuando una forma de vida de la que no eran autores pero sí creyentes, una línea vital, una base armónica, un fundamento, que pasaba desapercibido a la mayoría pero cuya ausencia los habría hecho quizás caer en la turbiedad, iban trazando un dibujo, un texto ante el cual confrontarse y saber. Ambos eran, como nosotros en el pueblo, quiero decir, como Myriam, Celia, Federico, Gabaldo y yo, un lugar de resistencia, un espacio donde preservar la vida ante tanta muerte, una referencia, un modelo y un contraejemplo, un espejo de lo que no era pero podría ser, aquello que ignoramos pero nos falta si desaparece, ¿el fuego espiritual ? Y ambos eran ellos -somos nosotros- pero también cada uno de los habitantes del refugio y del cráter en sus mejores gestos, todos podían ser lugar de resistencia en la medida en que se comprometían con la vida.
Pero no se puede contar sólo la historia de los rebeldes, de las excepciones al sistema, a riesgo de irse por las ramas de las almas y perder de vista el todo. Dicen –pero circulan tantos rumores acerca de los refugios- que la que empezó como dadora de vida se hizo tirana en la vejez, la reina logró imponer su voluntad y llevó a la perfección su perverso sistema de reproducción y gobierno. Eligió a otro hombre que, sin reparos éticos de ningún tipo, quiso ser brujo o iniciador pero cuyo talento apenas si le alcanzó para desflorar vírgenes, un hombre que carecía de la poesía y del sentido de responsabilidad necesarios para realizar la tarea. Y el argumento lo inventó ella :
Cuando una muchacha cumplía dieciséis años, era presentada en sociedad, esto es, ante los hombres del refugio. Pero había una etapa previa de iniciación de por lo menos nueve meses, en que la muchacha permanecía en un recinto aislado y recibía instrucción y todo tipo de cuidados de la madre y de otras mujeres mayores. Criada con todos los lujos y con los mejores alimentos, para asegurarse una reproductora saludable. Instruida en todos los secretos del sexo, para procurar gozo a sus sementales. Una animalidad real para preservar la especie humana. El baño, los óleos perfumados, los peinados, los vestidos, los gestos y movimientos, todo estaba destinado al aprendizaje de la seducción, procurar placer, ante todo al hombre, y procrear. El único hombre que tenía acceso al recinto de iniciación era el nuevo brujo.
El día de la presentación, la muchacha recuerda con fruición las caricias procuradas por el instructor. (Todas las muchachas son iniciadas en los gustos de los hombres y en el descubrimiento del propio placer por un varón experimentado, el instructor -¿el brujo ?-, un acariciador, un deleitador, un saboreador de carnes jóvenes, que es muchas veces el primero en preñarlas.) Se toca el vientre preguntándose si este par de meses entre sus brazos ya tendrán fruto. Al salir del agua tibia, por última vez vienen con toallas y perfumes a envolverla, secarla, masajearla, untarla de aromas y vestirla. Le ponen un vestido de gasa transparente, de color lila o azul, el vértice inferior de la V del escote coincide con la base de los senos y, a partir del talle alto, se despliega amplia la falda con ruedo desigual. Está hermosa, en esa semidesnudez que deja adivinar el cuerpo todo sin mostrarlo abiertamente. Lleva el cabello largo suelto y cepillado, y los pies descalzos. Así entra en la sala donde deslumbra a los hombres que en meses no la han visto. Ellos llevan el torso desnudo o, a lo sumo, apenas cubierto con un chaleco abierto y sin mangas, y pantalones claros. Todos tienen derecho a estar con ella pero ella sola tiene derecho a elegir uno. Todos están ahí para cortejarla, con un baile, con un obsequio, con una conversación, con un roce, con un canto, con una mirada… Todos, o casi, se la llevan al rincón íntimo donde, a media luz y entre almohadas, al abrigo de ojos ajenos, la desnudan y la besan. Hasta que ella elige –una decisión en la que influye el azar de los encuentros, la música del momento, la destreza amorosa del hombre…- y ya no sale por largas horas del rincón de intimidad. ¿Qué es el amor ? Los demás comprenden que su función por el momento ha terminado y bebiendo esperan que el hombre salga con la muchacha en brazos o pegada a él para aplaudirlos mientras se la lleva a los aposentos donde durante días o semanas trabajarán juntos para hacer un hijo. El anuncio del embarazo marca el fin de la relación, el nacimiento del hijo, el comienzo de otra. La nueva madre anda por el refugio apenas cubierta por una gasa atada a la altura de las caderas, los pechos al aire para mostrar la abundancia de leche, se deja desear y desea, deja mamar a quien se lo pide, ofrece a quien ella quiere. El elegido la sienta sobre una mesa para beber infinitamente mientras las manos van por debajo de la tela a las nalgas. La primera penetración suele ser en público, luego se la lleva a sus aposentos para hacer un nuevo hijo.
De las diez hijas de la reina, todas menos la mayor aceptaron el ritual y llenaron el refugio de niños. Y ya era la segunda generación nacida en las tinieblas : bellos pero extremadamente pálidos, debilitados por la falta de luz y verduras frescas, todos hermanados en mayor o menor medida por lazos de sangre. El futuro era incierto : en la superficie, las circunstancias no habían mejorado, al contrario ; sin posibilidad de desplazarse, ¿copularían entre ellos desafiando las prohibiciones del incesto y arriesgando deformaciones genéticas ?
Mientras tanto, los tres muchachos, los únicos hijos varones de la reina, habían buscado, como el tirano, mujer fuera del refugio y, como el tirano, habían llegado al cráter. Las tres hijas iguales de la mujer duende los habían recibido y habían tenido con ellos muchos hijos.
En el refugio tenían noticias de ellos a través de viajeros ocasionales. Quien más se había desplazado con el afán de mantener un vínculo entre unos y otros, era el brujo, a veces solo, a veces con la hija mayor, y era él el que insistía en que los niños también debían viajar. Los que se oponían, casi todos, argumentaban los riesgos que el viaje comportaba. ‘Riesgos reales, admitía el brujo, riesgo de morir deshidratados o de que las radiaciones aceleren el desarrollo de un cáncer de piel, pero aquí abajo también nos moriremos. El refugio fue una solución de supervivencia, una forma de vida que nos sirvió durante años, pero ahora es tiempo de buscar otra.’
Me doy cuenta de que al narrar esta historia, al elegir -entre las tantas versiones que circulan- los hechos, los nudos que quedarán registrados en el papel, no soy inocente, mis opciones no son gratuitas. Dictadas por el mismo hilo invisible que sustenta el diálogo del brujo y la hija o la búsqueda de Myriam, las claves de mi relato se hallan en un proyecto de vida en el que creo fervientemente y del que la escritura no es sino una manifestación. Se trata ante todo de crear, de dar cabida a un lugar de resistencia, un lugar de preservación de vida, un espacio físico real en la medida en que el cuerpo y la acción de cada una de las personas que resiste ES ese espacio. Nadie conoce el poder que tiene un cuerpo, cito a Spinoza de mientes.
Como el brujo, nosotros también estamos creando una nueva forma de vida, que tiene además la pretensión de ser vida en serio y no mera supervivencia. El relato del refugio, los sueños, son fantasías suscitadas por nuestras ilusiones y frustraciones pasadas al confrontarse con una realidad muy diferente a la que nuestros mayores nos habían acostumbrado a esperar, representan una apertura hacia algunos de los múltiples significados posibles de lo que nos pasa. Aún no sé cómo concluye esta historia erótica del refugio, como no sé tampoco por dónde sigue nuestra búsqueda en el pueblo. Se trata de vivirlo, o de esperar que el hilo de las narraciones se trencen para mirarlas luego a distancia. Lo que sí creo es que tanto ellos como nosotros sobreviviremos.

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