Como cada vez que caminábamos, el vecino de abajo salía a la escalera a gritarnos, aprendimos a volar. Descubrimos con felicidad de niños que nos habían crecido alas, así que nos desplazábamos de una pieza a la otra sin tocar el suelo, sin que resonaran los zapatos, sin que crujieran los tablones de madera. Crujían sí, inevitablemente, las puertas al abrirse o cerrarse y correr las sillas para sentarse causaba sin duda algún sonido que repercutía abajo. Pero como el vuelo había eliminado la fuente mayor de producción de ruido, creimos de buena fe que había concluido el tiempo de la represión y las quejas. Una mañana, sin embargo, cuando nos sentábamos a desayunar, surgió, como de lo más profundo del infierno, la voz del vecino conminándonos a callar. Temblaron nuestros cuerpos alados ante la intempestiva intervención que, como siempre, nos amenazaba desde abajo sin atreverse a subir. No entendimos, sólo permanecimos inmóviles el tiempo que duró el miedo y luego seguimos desayunando. C...
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